Dentro de la botella

Dentro de la botella

Ahí estaba, la boca sobresalía de la juma y esperaba ansiosa su llegada.

Y llegó… Como cada vez que viajaba a su pueblo, paró el coche frente al pino grande, el pino bello y necesario; se bajó y acercó sus manos a la corteza, lo acarició con el mismo gesto ritual de otras veces. Miró su copa, allá en lo alto y dejó que la mente se perdiera entre sus ramas. Luego, lentamente, apoyo su espalda y se quedó ahí, quieto, sin pensar en nada, sólo escuchando el murmullo del aire y poniendo un poco de atención cuando le rozaba la cara.

Iba a marcharse cuando la vio, o mejor, cuando ella lo llamó.

Se agachó con sorpresa y curiosidad y la miró con cuidado,

– ¿cómo es posible?, – se dijo, – ¡una botella enterrada!

Con el mayor mimo la sacó de su escondite y la retuvo en sus manos, el barro cubría el cristal y los pegotes endurecidos le daban una consistencia extraña. Había algo dentro. Después de un buen rato decidió llevarla a su casa.

La lavó, le quitó la capa que escondía el interior y vio que lo que había supuesto era cierto, un mensaje en una botella… ¡qué impresión más curiosa y qué sensación tan extraña!, mitad de ladrón mitad de Indiana Jones.

Con mucho cuidado sacó el cilindro, atado con un lazo rojo. Al desatarlo se dio cuenta del error, no era un mensaje; dos fotografías enfrentadas, el y ella, cara contra cara, enrollados y unidos para la posteridad, o para el momento en que fueran encontrados. En sus manos vacilantes sostuvo con delicadeza las dos fotos y caviló… – ¿qué pasaría por la cabeza de aquella “pareja” cuando dejaron su recuerdo enterrado?, ¿qué razón hubo?, ¿en qué situación estarán ahora? Un escalofrío recorrió su columna y se metió en sus sienes..

Entonces escribió una nota y la metió en la botella junto a las fotos, puso el tapón y volvió a enterrar la botella bajo su amigo el pino grande.

El jueves nos contó la historia. Destilaba emoción.

Y aquí estoy yo, inventando una razón, un cuento que pueda dar sentido al encuentro de la botella mensajera. Porque es una mensajera que nos ha ayudado a que las cuestiones cotidianas pasen a segundo plano.

Campo de golf “Te Pohue”, Nueva Zelanda, isla norte, a 250 km de Gisborne

Ricardo se dispone a culminar el hoyo cinco, lanza un golpe suave y la pelota entra sin problema, .. dos bajo par… grita el caddie, y se dirige a recoger la pelota. Pero no está, con asombro mete la mano, el agujero es muy profundo, nunca ha visto algo así, mira a su alrededor y no ve a nadie, parece haberse volatilizado todo el mundo. Un soplo agrio de viento que sale del hoyo le vuela la gorra, la recoge del suelo y echa a correr…

En ese mismo instante, al otro lado del mundo, Chema está sacando una botella enterrada bajo el pino grande de Pinarejo.

El campo de golf se construyó hace veinte años, cuando un español llegado de Gisborne decidió retirarse al bosque y hacer una vida más relajada. Con dinero, solitario y sin familia, insistió en rentabilizar una zona poco utilizada, y ofrecer retiro y deporte a personas como él.

Había hecho fortuna y casi nadie sabía su origen. Taló los pinos y preparó el terreno, dejó un campo muy amplio y agradable, el pino que ocupaba el hoyo cinco fue reacio a la pala, costó mucho esfuerzo arrancar sus raíces, pero cayó.

Limpia la botella, y la abre, saca el rollo atado con el lazo rojo. Al desenrollarlo aparecen pegadas cara con cara las fotos de dos personas. Ningún mensaje escondido.

En sus manos vacilantes sostiene con delicadeza las dos fotos y cavila… – ¿qué pasaría por la cabeza de aquella “pareja” …

Era forastero, entró con paso firme en la tahona que regentaba su madre y pidió pan. Luego se hospedó en una casa cercana y empezó su trabajo para el ayuntamiento. Desde que se conocieron ella lo amó con ansia, no vivía sin él, lo veía salir temprano y despertaba angustiada para seguir sus pasos, no respiraba cuando estaba a su lado, no comía sin haberlo saludado, “sorbía los vientos por él”, decía la gente. Era todo su mundo, lo adoraba y lo deseaba.

A duras penas cruzaban cuatro palabras en la calle, pero sus ojos no tenían otra meta.

Intentaba colocarse junto a él en el baile, hasta que las amigas le llamaron la atención, – se te nota demasiado, déjalo tranquilo que se va a mosquear – Y no podía evitarlo, se acercaba cada vez más.

Un día de fiesta, después de unas copas, bastantes copas, consiguió que la besara, y luego, al cabo de una hora un poquito más, y más…

Se sintió feliz, en la gloria, ya lo tenía, era suyo, para siempre…

Pasaron los meses y la cosa funcionaba bien, habían decidido vivir juntos un tiempo, hasta la boda, para ir preparando la convivencia.

Pero él empezó a sentir un peso enorme a su lado, notaba que le quitaba el aire y empezó a salir más a menudo, y luego salió más tiempo, y algunas noches no volvía a casa.

Una semana antes de la boda se lo dijo:

No puedo seguir.

Y ella lloraba y lloraba.

No puedo más, me voy a Australia, hay futuro allí.

Llévame contigo, no te molestaré, seré comprensiva…

Pero se fue, y un vómito de rabia le agarrotó la garganta.

Preguntó, buscó y se paseó por toda la comarca para encontrarlo.

Desesperada y segura de no volver a verlo decidió evitar el despecho y la humillación. En el pueblo contó que había tenido que marcharse por un problema familiar, que volvería en breve plazo.

Para retenerlo cogió dos fotos, una de cada uno, las mojó con agua y escribió con el dedo un mensaje, “estaré contigo”, las enfrentó y las unió enrolladas y atadas con el lazo rojo de la sangre. Luego las metió en una botella y enterró la botella bajo el pino grande.

Cuando el barco había partido y el camino que le quedaba por hacer hasta Nueva Zelanda era más corto que el de vuelta, sintió como una garra le atrapaba el corazón. Se puso pálido, pero no dijo nada, empezó una nueva vida, un trabajo nuevo, unos amigos nuevos, un mundo agradable en que vivir. Sin embargo, cada vez que deseaba a una muchacha un latigazo en la espalda le impedía seguir adelante.

Pasaron los años, se acostumbró a esa vida, mientras ella en su pueblo y en su casa estaba tranquila, Un día, el camión del pan perdió los frenos justo al enfilar la cuesta abajo de la tahona y la atropelló. Un golpe mortal, la cabeza golpeó en los adoquines y ahí quedó, tendida sobre el cemento, con los ojos abiertos y la cara de quién ve un ángel.

Mientras tanto, en el otro lado del mundo, un pino grande perdía sus raíces y caía al suelo.

Con el alma encogida y la sensación de haber invadido una propiedad, Chema une y enrolla las fotos, las mete con cuidado de nuevo en la botella y escribe una nota. En ella pide disculpas por haberse entrometido, se deshace en razones y pide perdón. Luego introduce la nota en la botella y en el viaje de vuelta a casa, para el coche cerca del pino y entierra la botella procurando que quede tal y como la encontró.

En el campo de golf “Te Pohue”, Nueva Zelanda, isla norte, a 250 km de Gisborne, el caddie vuelve al hoyo 5 rodeado de gente, gesticulando y explicando lo que le ha sucedido. Entre los deportistas está el dueño del campo de golf, de repente se siente ligero al irse acercando al hoyo.

Ya tiene sesenta años y está muy tranquilo.

El caddie se acerca con miedo al agujero y… la pelota está ahí, como siempre,

¡vaya tontería!,

¡este chico ha soñado!,

Anda, que nos has hecho dar un buen paseo..

Pero el dueño del campo se queda un rato mirando al fondo del agujero, es normal, nada extraño, y sin embargo, una sensación de paz le invade.

De regreso al hotel se da cuenta de que la recepcionista, que lleva diez años trabajando con él, tiene un aspecto muy seductor, y la mira con esa mirada tierna que dibuja el iris cuando algo agradable nos llama.

Después le propone una cena, y ella dice que sí.

Chema, puedes estar tranquilo, has liberado un alma presa y has conseguido llenar de paz un corazón al otro lado del mundo.

Macu 25 de noviembre de 2018

39°37’48.0″N 2°24’45.4″W

antípodas

39°37’48.0″S 177°35’14,6″E

Parque Te Pohue, campo de golf

Gisborne en Nueva Zelanda, isla norte

Segunda versión

En los años sesenta del siglo pasado era muy común jugar a los tesoros. Buscábamos un trozo de cristal limpio, normalmente un culo de botella o la parte de la panza. Lo lijábamos en los adoquines de la calle para no cortarnos; a veces los cortes eran profundos y se producían en la fase de lijado. Guardábamos con especial cuidado todo lo que podía ser llamativo, cromos de colección, sueltos de cajas de cerillas, cuentas de collar, pendientes rotos, trozos de muñecas, aros de metal, tapas de lata, algún resto de puntilla…

Un día a la semana era dedicado a enterrar nuestro tesoro y con todo sigilo nos apartábamos lo más posible del resto de amigos. Buscábamos un sitio y con mucho cuidado hacíamos un agujero suficiente para enterrar las cosas y con la superficie necesaria para que el cristal lo cubriera totalmente. Después lo tapábamos con arena y lo dejábamos allí. Era necesario que se viese todo el contenido sin tener que quitar el cristal, así que cubríamos con mucho mimo nuestra construcción, procurando que todo el contenido estuviera bien repartido.

El día de buscar tesoros era una fiesta. Estábamos deseando ver la cara de nuestros amigos cuando descubriesen el nuestro. Tenía que ser el mejor, el más original, el más bonito, el mejor construido. Cantábamos – frío, frío..!, cuando el buscador estaba lejos del objetivo, o – caliente caliente…! si se acercaba al sitio. De este modo, y por riguroso turno, se iban descubriendo los tesoros. Había un tiempo limitado y el ganador era quien más tesoros encontrase. El juez era el que tenía reloj, siempre el que acababa de hacer la comunión y así demostraba el valor de su regalo.

Sucedía siempre, el ganador destruía el tesoro y se quedaba con lo que más le gustaba de su contenido. La semana siguiente empezábamos de nuevo a recoger objetos para nuestro tesoro.

Adela y Damián eran amigos de tesoros, solían recoger cosas juntos y luego se repartían el botín, las cosas de chicas para ella, claro. Se querían mucho. Adela era la hija del maestro y tenía libros en casa, a veces se llevaba uno al campo y lo leían juntos. Damián era hijo del tendero, la tienda de ultramarinos de su padre estaba repleta de cosas, desde legumbres de todas clases a fruta y verdura, encurtidos, salazones, aceite, especias, pan y bollos. Pero también había sogas, tijeras, hilos y lanas de tejer, y alpargatas, serones, cántaros y botijos. Era la tienda de casa, y Damián ayudaba a los padres cuando salía de la escuela.

Adela tenía dos hermanos más, ella era la mediana. El mayor, seis años más y el menor dos años menos, así que – estoy emparedada, decía.

Llegó el tiempo de la tontería. – Que si ¿te gusta Damián?. – ¡Que no!, tonta, solo es un amigo.

Ah!, pues parece que le pones caritas. Y Adela enrojecía como un ababol.

La escuela unitaria de chicas tenía el patio de recreo en común con los chicos, pero la hora del recreo era diferente, de modo que no se produjeran encuentros fortuitos. Ya tenían bastante los maestros con enseñar a todos los niveles como para tener que preocuparse por las relaciones fuera de clase.

Salían primero las chicas y Damián buscó la ventana más limpia para mover su pupitre. La veía correr, saltar a la comba y hablar con las amigas. De vez en cuando notaba que las conversaciones eran secretas. Las miradas hacía el exterior del grupo le daban la pista de que algo muy especial se cocía en aquel grupo.

Un día la vio llorar, apartada del grupo de amigas estaba sujetándose la barriga. Lagrimones como puños le empañaban la vista y se marchó a casa.

Al salir de clase fue corriendo a su casa, preguntó por ella y el hermano mayor le dijo – déjala en paz, está con “lo suyo”..; ya no puedes jugar con ella a lo loco, ¡…ojito, eh!

No se atrevió a preguntar nada más, le daba miedo aquel hermano mayor y con principio de barba en esa cara ancha y morena, tan alto y tan fuerte.

Damián se quedó clavado, ¿qué sería “lo suyo”? Cabizbajo se marchó al campo, caminó un buen rato y se tumbó bajo el pino grande, dando vueltas a la cabeza decidió preguntar a su madre ¿qué era “lo suyo”, de Adela?

Al llegar a casa estuvo dando vueltas por la tienda, colocando latas, limpiando el polvo a las botellas apiladas en el estante de arriba, bajando las bobinas de hilo que la madre le indicaba a petición de alguna clienta. Miraba absorto a su madre y ella se daba la vuelta como si los ojos de Damián la hubiesen llamado.

¿Se puede saber lo que te pasa?

Nada, nada.. y se quedaba callado.

Por la noche, un poco antes de cenar, mientras el padre hacía las cuentas de caja en la tienda, Damián preguntó a su madre. Rojo como un pimiento escuchó callado las explicaciones de una mujer curtida y trabajadora, poco sensible pero cariñosa con un hijo adolescente al que debía contar esas cosas que hubiera querido hablar con la hija que no tuvo.

No pudo dormir esa noche, sangre, periodo, dolor, fertilidad, niñez, pubertad,.. cuántas cosas nuevas para él.

Quizá algunos de sus compañeros sabían de todo eso, pero nadie le dijo nada. ¡Pobre Adela!

El amor adolescente, ese que te hace crujir los dientes y te atenaza las manos entró como un proyectil en el corazón de Damián. Estaría siempre a su lado, le sujetaría la cabeza cuando el dolor la hiciese vomitar.

Adela, no sufras, yo te quiero y te quiero cuidar. Búscame si te duele, yo lo arreglaré.

Damián y Adela terminaron la escuela, y el maestro envió a su hija a la ciudad para estudiar bachillerato. – Allí tendrá mejores oportunidades. Va a casa de su abuela materna, ella le ayudará igual que está ayudando al hermano mayor.

Las cartas son frecuentes, Adela le cuenta las cosas tan importantes que está viviendo, amigas nuevas, salidas de fin de semana, viaje de fin de estudios y entrada a la universidad. De nuevo el viaje al pueblo y los reencuentros.

En la tienda de ultramarinos Damián se maneja sin problemas, el padre le ha prometido que lo dejará de encargado porque él está muy cansado ya. Y Damián no quiere desairar al padre, sabe que está enfermo, la tienda rinde lo justo para vivir pero no le permite alegrías.

Damián la mira, cada vez más guapa y sobre todo con más cosas en la cabeza. Le habla constantemente del futuro y él se siente cada vez más pequeño.

Se quieren, se abrazan con fuerza y hablan sin parar paseando hasta el pino grande.

Es su pino, donde caviló sobre sus dudas, donde la besó por primera vez, donde cada tarde que se siente solo va a sentarse, donde lee sus cartas sentado en la juma.

Una tarde de mayo, casi al final del curso, en plenos exámenes, Adela le escribe una carta y le manda una fotografía. Está preciosa. Le dice que todo va bien, que pronto terminará la carrera y volverá al pueblo.

Está feliz y decide guardar su tesoro, como cuando eran niños, ese tesoro que ahora no quiere que nadie descubra y robe. Ya no busca un cristal, coge una botella de licor del estante más alto del almacén, la vacía y la limpia con cuidado. Seca el interior y coge la foto de Adela, luego pone una foto suya cara contra cara y las enrolla; las ata con una cinta roja, del color de aquella sangre que le robó el corazón. Las mete en la botella y la cierra.

Las raíces fuertes del pino grande serán un refugio perfecto, con una pequeña pala cava procurando no hacerle daño, hace un hueco profundo pero angosto y mete la botella. La entierra con cuidado y se marcha.

Adela y Damián para siempre, será su tesoro, y se lo contará a ella, cuando vuelva. Y le dirá que la quiere para siempre y que su vida no es nada si no está a su lado y que los años pasarán alegres si están juntos, y la botella sigue bajo el pino como aquel tesoro de la niñez que alguien descubrirá un día preguntándose ¿qué significa?

Macu 2 de diciembre de 2018