Inseguro

Una historia un tanto truculenta, que empezó con unos versos dedicados a las personas retraídas y miedosas que uno se encuentra por la calle y a las que desconoce por completo. Luego, fue creciendo la imaginación y ha derivado hasta componer esto. No hay nada real y es bastante inverosímil, pero aquí está.

Inseguro

Era tan miedoso,

era tan tímido y tan apocado,

era tan nervioso,

que sus ojos se giraban al suelo

mirando rabioso

la belleza del hombre decorado.

– ¿Por qué yo no puedo?

Mi corazón se para si lo pienso,

el sentido pierdo,

las agujas me nublan la cabeza,

si me pincho un dedo,

se queda mi cerebro tan suspenso…

Entonces trabajó un plan, un plan estupendo en el que nada podía ir mal. Salió a la calle con ilusión, y, por primera vez, con una sonrisa en la cara. Repasó el trabajo de la mañana y se dirigió con soltura al supermercado más cercano a su casa.

En la puerta, encogido como era su costumbre, estaba el primero de la lista. Le acercó un par de monedas y le planteó volver al final de la tarde. Después recorrió las calles y buscó los más adecuados haciendo a cada uno de ellos la misma propuesta:

– Tengo un local aquí cerca, necesito arreglarlo y me vendría bien tu ayuda. Sería una semana de trabajo, puedo ofrecerte comida y cama gratis, a cambio de un poco de esfuerzo.

– Quedamos a las nueve, paso por aquí a recogerte.

Entraron siete, eran muchos, – mejor, habría más variedad – . Algunos se conocían, algunos se llevaban mal, algunos eran nuevos y estaban un poco mosqueados.

Les mostró el local, una nave en un polígono cercano a la capital, podían haber ido a pie, pero prefirió recogerlos en la furgoneta de alquiler. Tenía preparado el material de la obra, cemento, arena, una amasadora, palas y brochas, escaleras, botes de pintura…

También había una mesa grande con avituallamiento, tortillas, fiambre, gazpacho, y vino, cerveza y agua. Platos, vasos y servilletas de papel. La pared del fondo de la nave tenía preparados una serie de colchones en hilera, con almohadas y mantas dobladas.

Con cierto azoramiento fueron acercándose a la mesa y se sirvieron. Alguno con reticencia miraba la puerta de entrada pero cuando empezó a sonar la música no pudieron resistir.

Una hora mas tarde ahítos y satisfechos empezaron a hablar fuerte. Les propuso tomar un chupito de orujo y aceptaron sin dudar. Había explicado durante la cena las condiciones del trabajo, los pasos a seguir y había adjudicado tareas, no sin alguna dificultad ya que hubo quien no estaba de acuerdo.

Eran las once y media de un otoño frío y los invitados empezaron a tomar posesión de sus colchones con mas o menos facilidad. En la quietud de la noche comenzaron a escucharse ronquidos. Luego los sonidos se fueron amortiguando y solo algún hipo rompió el silencio. Se levantó con la linterna del móvil y fue pasando por encima de la boca de cada uno de ellos con un espejito. Correcto. Todo correcto.

Cerró la puerta de la nave y comenzó a trabajar. Sacó el maletín y preparó el instrumental. El primero era un dibujo muy sencillo, un tigre minúsculo en el antebrazo y una estrella de mar en la parte del cogote. Alrededor de diez centímetros cuadrados. No era mucho, pero podía comprobar su destreza. El tigre resultó complicado porque la piel del antebrazo es muy fina y hubo un momento en que casi lo rajó, pero consiguió salvarlo. Con la estrella de mar no hubo problema. Su portador era rellenito y la piel tenía un grosor muy aceptable. Lavó con cuidado las dos piezas, preparó el recipiente para conservar y dejó todo guardado en el frigorífico.

El segundo era mas difícil. Había visto aquella obra de arte en verano, ocupaba casi todo el brazo izquierdo, desde el hombro hasta más abajo del codo, rodeaba como una manga toda la superficie. Era una historia completa, en la que un caballero de espada flamígera peleaba contra un dragón por una bella dama. Trazos muy sutiles daban el sombreado necesario.

Se quedó un buen rato decidiendo por qué zona empezar, le daba miedo estropear el dibujo; finalmente se decidió por la base en el codo. Al terminar abrió despacio la zona del hombro y extendió el trozo. Ahí estaba, era una belleza, y tenía la posibilidad de verlo al completo, sin necesidad de girarse.

– ¡Lo estoy haciendo bien! – Se dijo con una sonrisa en los labios.

Amanecía cuando salió del local. Solo dos, pero bien hechos, ahora era el momento de descansar un poco. Se tendió en la cama boca arriba y empezó a pensar. Estaba preparado. El frigorífico era grande, y los congeladores de segunda mano funcionaban de maravilla. Se durmió pensando en el tatuaje de Darth Veider, no le gustaba demasiado, – es muy oscuro – se decía, pero la piel de la pantorrilla es grande y dará bastante juego…

Se despertó con mal sabor de boca, el olor del conservante se le había metido hasta la sien y era difícil de olvidar. Había que tener mucho cuidado o la piel se estropearía. Estudió con detalle las técnicas de conservación y cultivo de las clínicas de quemados, ya tenía información suficiente. A las doce y media salió de casa y devolvió la furgoneta, todo en orden. Sacó la moto del garaje, se puso el casco y volvió al local.

Ahí seguían todos, los siete, algunos olían muy mal, pero aún no era olor a putrefacción. Colocó el cuerpo del primero en la mesa y con pericia de cirujano lo desmembró, empaquetó y metió en el congelador. Hizo lo propio con el segundo y después comenzó a extraer a Darth Veider, – realmente feo, creo que me equivoqué, este no me gusta – se dijo, pero continuó la tarea. Eran los primeros, no pudo elegir mejor. – Una pena, los mejores no son accesibles, tengo que pensar otra táctica.

El cuarto era realmente un desastre, la suciedad de la piel daba asco y los tatuajes eran muy malos, probablemente los había admitido como pago de algún tatuador novato que se ensayaba con él. Después de limpiar y desinfectar toda la zona se dio cuenta de la herida. Un navajazo cortaba la imagen del búho dándole un aspecto muy tétrico, parte del ojo izquierdo estaba dañado, así que antes de usar el bisturí en el antebrazo lo pensó mejor. – Este no me va a valer para nada… – Se quitó los guantes con rabia y se sentó.

Repasó el material que le quedaba por sacar y consideró las opciones. El local tenía un pozo que había sido usado durante bastantes años hasta que la construcción de la nueva carretera tocó el acuífero y desvió el agua que llegaba. El pozo se secó y estaba ahí, a su merced.

– Vale, pues tercero y cuarto al fondo del pozo – Cogió el cemento, agua, cal y un poco de arena y preparó el mortero. Con la pequeña grúa de almacén levantó los cuerpos y los dejó caer, luego el mortero por encima. Salió a la calle envuelto en sudor, respiró hondo y volvió a entrar. El quinto era muy joven, demasiado, seguramente tenía familia y seguramente lo buscarían. El aspecto desastrado y la mirada triste le confundieron al principio. Durante la cena se dio cuenta del error, pero ya no había remedio. El tatuaje era de lo mejorcito que había visto hasta entonces, y la piel estaba sucia pero sana y tersa. Finalmente lo hizo, sacó aquel león, mitad realista, mitad simbólico, del omóplato del muchacho y lo colocó en el recipiente de conservación, luego puso el cuerpo en una bolsa de plástico grande, lo roció con ácido y dejó que actuase. Por la noche lo dejaría cerca de la carretera, unos gramos de coca en la nariz y la ropa en su mochila de náufrago.

– Lo encontrarán. Si hay una batida será en la semana que viene como pronto, y ya habré terminado.

Dos horas más tarde salía del local con aspecto cansado. No era esto lo que esperaba, la satisfacción del primer momento se había transformado en desencanto.

– Esta gente no vale nada, son un asco. Las piezas no merecen la pena. – La única buena era la del muchacho, y justamente esa no podía exhibirse por razones obvias. Alargando el brazo cerró la puerta tras de sí y se dejó caer sentado en el poyo que había pegado a la pared.

– Buenas tardes, ¡tardes…! – Onésimo, “el corto”, el vecino de la nave cercana le saludó con el brazo en alto. Era alto y tenía buena forma física, pelo negro, bonita dentadura que enseñaba al sonreír y unos ojos negros grandes y muy redondos.

– ¿Qué… descansando?

– ¡Ya ves…! – Y traspuso por el camino hacia la carretera que, a esas horas, estaba muy vacía.

Tengo que pensar otro poco, iba diciendo para sí mientras recogía los cuerpos de los dos últimos “ayudantes”. Los recortes eran razonablemente buenos, la raspa de una sardina que camuflaba una cicatriz de apendicitis y un ojo muy feo en el dorso de la mano. Por cierto, dificilísimo de sacar sin romper la piel, que además estaba muy arrugada. Los había guardado en sus cajas respectivas y acababa de enviar al fondo del pozo los restos.

Decidió tomarse unos días de margen para reflexionar. Calculando por lo alto tendría unos setenta centímetros cuadrados de piel. Muy poco. En la nave había una estufa grande, a modo de caldera, conectada a un sistema de tuberías para calentar la zona alta. Antes de salir recogió las mochilas y las ropas de los “ayudantes” y las fue quemando. Había contado con el humo y el olor por eso introdujo unos restos de neumático que camuflaban “el perfume”.

Volvió a casa, los vecinos que le conocían sabían sus rarezas y no estarían extrañados. Hablaba muy poco y trabajaba a través de internet de modo que no tenía horario fijo; salía a comprar una vez en semana, nunca iba dos veces seguidas al mismo supermercado, de manera que no llamaba la atención su comportamiento actual.

Casi cinco meses después de las primeras adquisiciones ya tenía material suficiente para su primer propósito, el cabecero de su cama estaba listo. Decidió montar el león desdoblado en el centro, con mucho cuidado fue añadiendo las piezas y consiguió que las uniones apenas se notasen gracias a los productos para trasplante que le envió un amigo de japón, le había costado mucho hacerse con la amistad de ese hombre mitad artista, mitad médico, en su inglés de academia por correo.

Ahora tocaba preparar la exposición. Lo había negociado mediante correo en una de las sesiones de ARCO. Un galerista le avalaba aunque no tenía ninguna intención de entrometerse en la forma de llevar a cabo la obra y le guardaba el secreto. Iba a ser un gran escándalo, provocaría todo tipo de reacciones y, sobre todo, mucha publicidad. Recordó aquella exposición de cuerpos muertos y conservados mediante la técnica de plastinación y pensó en el boom mediático. Nadie quedó impasible ante tamaño despropósito, “quitar la piel era desposeer al hombre de su autenticidad, era mostrar el cuerpo como una cosa desnaturalizada. Pretender ser didáctico era una aberración”. Comentarios como esos daban una publicidad que no podía desaprovecharse. Una sonrisa brotó en la comisura de sus labios.

Su trabajo tenía cierta similitud en cuanto a la técnica y al material pero en este caso, un hombre, un solo hombre, mostraría sobre su cuerpo capas y capas de piel de otros hombres, con su arte recogido en pequeños y grandes dibujos de significados muy diversos, desde las películas hasta los amores, los odios o los simples disfraces para las imperfecciones corporales. Era devolver al hombre su envoltura y crear la ilusión del disfraz perfecto. Era un juego de piezas con significado propio, talladas una a una y con una suavidad que se prestaba a la apreciación táctil de cada uno de los elementos. Anibal “el caníbal” ya lo había mostrado en el cine, de una manera mas burda el asesino había conseguido coser un traje de piel, pero el suyo sería una obra de arte.

No le costó mucho esfuerzo convencer a Onésimo. Cada tarde se sentaba en el poyo de la puerta y lo veía pasar hacia la carretera para recoger los papeles que sobraban del almacén de los chinos a un kilómetro de distancia. Recogía papel y cartón y luego lo acumulaba en su casa para venderlo. Como alguien había dicho una vez, era muy inocente.

– ¡Onésimo…!, – lo llamó un día, – ¿Quieres echarme una mano para un trabajillo que tengo pensado? Solo tienes que usar los trajes que te voy a dar, luego te paseas un poco y ya está, te pagaré bien.

Y Onésimo aceptó de buena gana.

Un año más tarde, a razón de dos recortes semanales, había conseguido tres “obras de arte” completas. Su razón de ser, su esfuerzo le costó una hipoteca sobre su casa y quince viajes a la capital. Había finalizado su proyecto con éxito. Bueno, quedaban algunos flecos por resolver, pero eso sería mas tarde, después de la exposición.

Cuando los medios se hicieron eco de la obra, a modo de performance, en que un hombre “desnudo” iba quitándose capas y capas de piel hasta dejar al descubierto un cuerpo despellejado, él ya no estaba ahí. Onésimo lo hacía muy bien, cada tarde durante los días previos a ARCO ensayaba en la nave. Primero se colocaba la malla y luego iba embutiéndose los tres pellejos decorados. El primero, era el dedicado a Star Wars, con aquella imagen horrible de Darth Veider en una pierna, pero destacando el Halcón milenario en la espalda, obra de uno de los tatuadores mejor considerados de la capital. No faltaban las naves y los robots, además de Chewaka en el pecho. En el segundo había unido todas las escenas de guerra, dragones y animales salvajes que con mas o menos fortuna daban vida a una suerte de paisaje selvático y guerrero y decoraban brazos y piernas. El tercero, es decir el traje que iniciaba la presentación, era el mas vistoso. Flores, diseños de colores, muchos colores. Fue el más difícil de conseguir porque las chicas son muy complicadas de abordar. En algún caso tuvo que echar mano de Onésimo para traerlas a la nave. Y Onésimo era feliz. Tenía una ilusión enorme, le gustaba el trabajo. Era muy sencillo colocarse con la ropa de visitador en la puerta de la casa elegida y entrar sin hacer ruido…

Consiguió dar suavidad al interior de la piel para que deslizase sin dificultad sobre la malla y las otras pieles. Preparó un sistema de apertura que simulaba el corte con un bisturí, de manera que el hombre que se iba despellejando representaría dolor al principio y alivio después de desprenderse se cada capa.

Hubo lleno total en la presentación, gestos de espanto al comienzo, luego caras de asombro y por último un suspiro mezcla de horror y curiosidad que no dejaba de ser grabado y transmitido en las redes sociales. Había tardado un mes en decorar la malla. El cuerpo despellejado de un ser humano, con todos los músculos y tendones al descubierto excepto la cabeza, oculta bajo la máscara que Onésimo llevaba colocada durante toda la actuación. Una máscara griega con dos caras, la trágica en la parte anterior y la cómica por detrás, daban aún mas espectacularidad al atuendo.

El galerista estaba radiante, la acción había atraído a multitud de gente. Algunos preguntaban por la posibilidad de compra de “los trajes” y para ello habían pedido una referencia, el tacto. Cuando se dejaba tocar, la expresión en la cara de los palpadores era de asombro, placer y cierto deseo incontenible de seguir acariciando aquella obra. Hubo que limitar el acceso.

La máscara griega estaba sobre la cabeza durante toda la actuación, en pases cada dos horas. Mientras tanto, una proyección mostraba un pequeño resumen. Luego Onésimo recogía los trajes, volvía a la sala-camerino que le preparó Agustín el galerista, bebía o descansaba un poco y empezaba de nuevo.

Desde el segundo día lo dejó solo. – Tu puedes, – le dijo. – Agustín se ocupará de tenerte atendido, no te preocupes, la feria dura poco tiempo y luego vuelves a casa, tranquilo. Onésimo lo hizo muy bien, procuraba estar callado, era discreto y únicamente dejaba que le viera la cara el galerista.

Al terminar la muestra Onésimo cogió su maleta, salió vestido de mecánico y se dirigió al hotel que le había reservado Agustín. Allí esperó pacientemente la llegada del “artista”. A eso de las once se abrió la puerta y entró con una gran sonrisa, una botella de champán y unos dulces. – Todo ha ido perfecto, estamos en todas las televisiones del mundo. Un éxito rotundo, ¿podrías vestirte para mí una vez mas?, muchas gracias amigo, – y brindaron hasta caer exhaustos. Con mucho mimo acarició la cara de su socio, le puso el lazo hecho con un cordón de seda alrededor del cuello y le colocó la máscara en la cabeza, luego ató el otro extremo a la pata de la cama. Subió a Onésimo en el sillón de ruedas, lo llevó hasta la terraza y lo dejó caer.

En la comisaría de la calle del Archivo trabajaban seis agentes en mesa, un oficial de guardia y el comisario jefe. A las doce de la mañana de un día de finales de febrero, una mujer canosa y desaliñada entró por la puerta arrastrando una maleta con ruedas.

– Quiero poner una denuncia. Mi chico, mi Onésimo que no aparece, – y lloraba a moco tendido. El oficial de la puerta la acompañó a una mesa y le dijo que se sentase.

– Tranquila mujer, explíquese despacio.

Dolores, empezó a llorar de nuevo y estuvo un buen rato sin decir palabra, luego, el policía sentado a la mesa le trajo un vaso de agua y le ofreció una caja de pañuelos, y poco a poco se fue tranquilizando. Tenían un chamizo cerca de la carretera, vivían de la caridad y una pequeña pensión que le dejó su marido; bueno, marido malparido que la dejó sola en cuanto se dio cuenta de la cortedad del chico. – ¡Pero si es muy noble y se vale bien!

– Me hace los recaos y sabe poner el puchero, además hace la cama y sacude la ropa, no se crea que es un vago, no. Pero cuando volví a casa ayer después de la misa de siete, me pongo en la puerta de la parroquia, ya sabe, no estaba.

– Se habrá ido a dar una vuelta, mujer. ¿Cuántos años tiene tu hijo?

– Treinta y tres, señor comisario, pero es muy inocente, sabe usted.

– Venga Dolores, vete a casa que seguro que ya ha vuelto, estate tranquila mujer.

– ¡Que no, que yo sé que le ha pasao algo!, que el no es así, que no ha venío a dormir, que mi chico no me falta nunca cuando llego… y menos pasar una noche fuera, ¡que no! – y se puso a llorar.

– Vamos a ver, cuéntanos lo que has hecho hoy y lo que crees que habrá hecho Onésimo, así nos vamos aclarando un poco… – Y Dolores les contó con pelos y señales todo lo que creía que su hijo hacía cada día.

El suicidio del artista “de la piel” era la noticia de la semana. En todos los medios y en todas las revistas aparecieron las imágenes, la máscara triste siempre en primer plano, con una fascinación que era aún mayor por la misteriosa identidad del personaje. Su nombre falso llevó a la policía a investigar en la recepción del hotel. La detención preventiva del galerista para dar cuenta del modo en que fue contratado y las consiguientes pesquisas sobre la “obra de arte” llenaron las páginas de los diarios digitales.

Había logrado su propósito, compró todos los periódicos y revistas de la semana, preparó la nave, empapeló con las imágenes la pared del fondo. Hizo la cena y estuvo un buen rato admirando su obra, lloró, se grabó en un vídeo y lo dejó preparado para que se publicara en internet al día siguiente. Luego desenchufó los congeladores y dejó caer al pozo el último de los bisturíes, el que le sirvió para cortar la piel de los dedos de Onésimo. Se empapó de gasolina, se tomó el sedante y dejó listo el sistema que incendiaría la nave en un par de horas, justo cuando el sueño le hubiera derrotado.

De madrugada los bomberos intentaban apagar un incendio tan aparatoso que obligó a desalojar el polígono y las casas colindantes. Entre los desalojados estaba Dolores, maldecía la suerte que le había caído a su mísera vida, con su hijo desaparecido, y la pena de no tener medios para buscarlo, ni una triste foto.

– Mierda, mierda, mierda…

Macu 1 de agosto de 2019

Dentro de la botella

Dentro de la botella

Ahí estaba, la boca sobresalía de la juma y esperaba ansiosa su llegada.

Y llegó… Como cada vez que viajaba a su pueblo, paró el coche frente al pino grande, el pino bello y necesario; se bajó y acercó sus manos a la corteza, lo acarició con el mismo gesto ritual de otras veces. Miró su copa, allá en lo alto y dejó que la mente se perdiera entre sus ramas. Luego, lentamente, apoyo su espalda y se quedó ahí, quieto, sin pensar en nada, sólo escuchando el murmullo del aire y poniendo un poco de atención cuando le rozaba la cara.

Iba a marcharse cuando la vio, o mejor, cuando ella lo llamó.

Se agachó con sorpresa y curiosidad y la miró con cuidado,

– ¿cómo es posible?, – se dijo, – ¡una botella enterrada!

Con el mayor mimo la sacó de su escondite y la retuvo en sus manos, el barro cubría el cristal y los pegotes endurecidos le daban una consistencia extraña. Había algo dentro. Después de un buen rato decidió llevarla a su casa.

La lavó, le quitó la capa que escondía el interior y vio que lo que había supuesto era cierto, un mensaje en una botella… ¡qué impresión más curiosa y qué sensación tan extraña!, mitad de ladrón mitad de Indiana Jones.

Con mucho cuidado sacó el cilindro, atado con un lazo rojo. Al desatarlo se dio cuenta del error, no era un mensaje; dos fotografías enfrentadas, el y ella, cara contra cara, enrollados y unidos para la posteridad, o para el momento en que fueran encontrados. En sus manos vacilantes sostuvo con delicadeza las dos fotos y caviló… – ¿qué pasaría por la cabeza de aquella “pareja” cuando dejaron su recuerdo enterrado?, ¿qué razón hubo?, ¿en qué situación estarán ahora? Un escalofrío recorrió su columna y se metió en sus sienes..

Entonces escribió una nota y la metió en la botella junto a las fotos, puso el tapón y volvió a enterrar la botella bajo su amigo el pino grande.

El jueves nos contó la historia. Destilaba emoción.

Y aquí estoy yo, inventando una razón, un cuento que pueda dar sentido al encuentro de la botella mensajera. Porque es una mensajera que nos ha ayudado a que las cuestiones cotidianas pasen a segundo plano.

Campo de golf “Te Pohue”, Nueva Zelanda, isla norte, a 250 km de Gisborne

Ricardo se dispone a culminar el hoyo cinco, lanza un golpe suave y la pelota entra sin problema, .. dos bajo par… grita el caddie, y se dirige a recoger la pelota. Pero no está, con asombro mete la mano, el agujero es muy profundo, nunca ha visto algo así, mira a su alrededor y no ve a nadie, parece haberse volatilizado todo el mundo. Un soplo agrio de viento que sale del hoyo le vuela la gorra, la recoge del suelo y echa a correr…

En ese mismo instante, al otro lado del mundo, Chema está sacando una botella enterrada bajo el pino grande de Pinarejo.

El campo de golf se construyó hace veinte años, cuando un español llegado de Gisborne decidió retirarse al bosque y hacer una vida más relajada. Con dinero, solitario y sin familia, insistió en rentabilizar una zona poco utilizada, y ofrecer retiro y deporte a personas como él.

Había hecho fortuna y casi nadie sabía su origen. Taló los pinos y preparó el terreno, dejó un campo muy amplio y agradable, el pino que ocupaba el hoyo cinco fue reacio a la pala, costó mucho esfuerzo arrancar sus raíces, pero cayó.

Limpia la botella, y la abre, saca el rollo atado con el lazo rojo. Al desenrollarlo aparecen pegadas cara con cara las fotos de dos personas. Ningún mensaje escondido.

En sus manos vacilantes sostiene con delicadeza las dos fotos y cavila… – ¿qué pasaría por la cabeza de aquella “pareja” …

Era forastero, entró con paso firme en la tahona que regentaba su madre y pidió pan. Luego se hospedó en una casa cercana y empezó su trabajo para el ayuntamiento. Desde que se conocieron ella lo amó con ansia, no vivía sin él, lo veía salir temprano y despertaba angustiada para seguir sus pasos, no respiraba cuando estaba a su lado, no comía sin haberlo saludado, “sorbía los vientos por él”, decía la gente. Era todo su mundo, lo adoraba y lo deseaba.

A duras penas cruzaban cuatro palabras en la calle, pero sus ojos no tenían otra meta.

Intentaba colocarse junto a él en el baile, hasta que las amigas le llamaron la atención, – se te nota demasiado, déjalo tranquilo que se va a mosquear – Y no podía evitarlo, se acercaba cada vez más.

Un día de fiesta, después de unas copas, bastantes copas, consiguió que la besara, y luego, al cabo de una hora un poquito más, y más…

Se sintió feliz, en la gloria, ya lo tenía, era suyo, para siempre…

Pasaron los meses y la cosa funcionaba bien, habían decidido vivir juntos un tiempo, hasta la boda, para ir preparando la convivencia.

Pero él empezó a sentir un peso enorme a su lado, notaba que le quitaba el aire y empezó a salir más a menudo, y luego salió más tiempo, y algunas noches no volvía a casa.

Una semana antes de la boda se lo dijo:

No puedo seguir.

Y ella lloraba y lloraba.

No puedo más, me voy a Australia, hay futuro allí.

Llévame contigo, no te molestaré, seré comprensiva…

Pero se fue, y un vómito de rabia le agarrotó la garganta.

Preguntó, buscó y se paseó por toda la comarca para encontrarlo.

Desesperada y segura de no volver a verlo decidió evitar el despecho y la humillación. En el pueblo contó que había tenido que marcharse por un problema familiar, que volvería en breve plazo.

Para retenerlo cogió dos fotos, una de cada uno, las mojó con agua y escribió con el dedo un mensaje, “estaré contigo”, las enfrentó y las unió enrolladas y atadas con el lazo rojo de la sangre. Luego las metió en una botella y enterró la botella bajo el pino grande.

Cuando el barco había partido y el camino que le quedaba por hacer hasta Nueva Zelanda era más corto que el de vuelta, sintió como una garra le atrapaba el corazón. Se puso pálido, pero no dijo nada, empezó una nueva vida, un trabajo nuevo, unos amigos nuevos, un mundo agradable en que vivir. Sin embargo, cada vez que deseaba a una muchacha un latigazo en la espalda le impedía seguir adelante.

Pasaron los años, se acostumbró a esa vida, mientras ella en su pueblo y en su casa estaba tranquila, Un día, el camión del pan perdió los frenos justo al enfilar la cuesta abajo de la tahona y la atropelló. Un golpe mortal, la cabeza golpeó en los adoquines y ahí quedó, tendida sobre el cemento, con los ojos abiertos y la cara de quién ve un ángel.

Mientras tanto, en el otro lado del mundo, un pino grande perdía sus raíces y caía al suelo.

Con el alma encogida y la sensación de haber invadido una propiedad, Chema une y enrolla las fotos, las mete con cuidado de nuevo en la botella y escribe una nota. En ella pide disculpas por haberse entrometido, se deshace en razones y pide perdón. Luego introduce la nota en la botella y en el viaje de vuelta a casa, para el coche cerca del pino y entierra la botella procurando que quede tal y como la encontró.

En el campo de golf “Te Pohue”, Nueva Zelanda, isla norte, a 250 km de Gisborne, el caddie vuelve al hoyo 5 rodeado de gente, gesticulando y explicando lo que le ha sucedido. Entre los deportistas está el dueño del campo de golf, de repente se siente ligero al irse acercando al hoyo.

Ya tiene sesenta años y está muy tranquilo.

El caddie se acerca con miedo al agujero y… la pelota está ahí, como siempre,

¡vaya tontería!,

¡este chico ha soñado!,

Anda, que nos has hecho dar un buen paseo..

Pero el dueño del campo se queda un rato mirando al fondo del agujero, es normal, nada extraño, y sin embargo, una sensación de paz le invade.

De regreso al hotel se da cuenta de que la recepcionista, que lleva diez años trabajando con él, tiene un aspecto muy seductor, y la mira con esa mirada tierna que dibuja el iris cuando algo agradable nos llama.

Después le propone una cena, y ella dice que sí.

Chema, puedes estar tranquilo, has liberado un alma presa y has conseguido llenar de paz un corazón al otro lado del mundo.

Macu 25 de noviembre de 2018

39°37’48.0″N 2°24’45.4″W

antípodas

39°37’48.0″S 177°35’14,6″E

Parque Te Pohue, campo de golf

Gisborne en Nueva Zelanda, isla norte

Segunda versión

En los años sesenta del siglo pasado era muy común jugar a los tesoros. Buscábamos un trozo de cristal limpio, normalmente un culo de botella o la parte de la panza. Lo lijábamos en los adoquines de la calle para no cortarnos; a veces los cortes eran profundos y se producían en la fase de lijado. Guardábamos con especial cuidado todo lo que podía ser llamativo, cromos de colección, sueltos de cajas de cerillas, cuentas de collar, pendientes rotos, trozos de muñecas, aros de metal, tapas de lata, algún resto de puntilla…

Un día a la semana era dedicado a enterrar nuestro tesoro y con todo sigilo nos apartábamos lo más posible del resto de amigos. Buscábamos un sitio y con mucho cuidado hacíamos un agujero suficiente para enterrar las cosas y con la superficie necesaria para que el cristal lo cubriera totalmente. Después lo tapábamos con arena y lo dejábamos allí. Era necesario que se viese todo el contenido sin tener que quitar el cristal, así que cubríamos con mucho mimo nuestra construcción, procurando que todo el contenido estuviera bien repartido.

El día de buscar tesoros era una fiesta. Estábamos deseando ver la cara de nuestros amigos cuando descubriesen el nuestro. Tenía que ser el mejor, el más original, el más bonito, el mejor construido. Cantábamos – frío, frío..!, cuando el buscador estaba lejos del objetivo, o – caliente caliente…! si se acercaba al sitio. De este modo, y por riguroso turno, se iban descubriendo los tesoros. Había un tiempo limitado y el ganador era quien más tesoros encontrase. El juez era el que tenía reloj, siempre el que acababa de hacer la comunión y así demostraba el valor de su regalo.

Sucedía siempre, el ganador destruía el tesoro y se quedaba con lo que más le gustaba de su contenido. La semana siguiente empezábamos de nuevo a recoger objetos para nuestro tesoro.

Adela y Damián eran amigos de tesoros, solían recoger cosas juntos y luego se repartían el botín, las cosas de chicas para ella, claro. Se querían mucho. Adela era la hija del maestro y tenía libros en casa, a veces se llevaba uno al campo y lo leían juntos. Damián era hijo del tendero, la tienda de ultramarinos de su padre estaba repleta de cosas, desde legumbres de todas clases a fruta y verdura, encurtidos, salazones, aceite, especias, pan y bollos. Pero también había sogas, tijeras, hilos y lanas de tejer, y alpargatas, serones, cántaros y botijos. Era la tienda de casa, y Damián ayudaba a los padres cuando salía de la escuela.

Adela tenía dos hermanos más, ella era la mediana. El mayor, seis años más y el menor dos años menos, así que – estoy emparedada, decía.

Llegó el tiempo de la tontería. – Que si ¿te gusta Damián?. – ¡Que no!, tonta, solo es un amigo.

Ah!, pues parece que le pones caritas. Y Adela enrojecía como un ababol.

La escuela unitaria de chicas tenía el patio de recreo en común con los chicos, pero la hora del recreo era diferente, de modo que no se produjeran encuentros fortuitos. Ya tenían bastante los maestros con enseñar a todos los niveles como para tener que preocuparse por las relaciones fuera de clase.

Salían primero las chicas y Damián buscó la ventana más limpia para mover su pupitre. La veía correr, saltar a la comba y hablar con las amigas. De vez en cuando notaba que las conversaciones eran secretas. Las miradas hacía el exterior del grupo le daban la pista de que algo muy especial se cocía en aquel grupo.

Un día la vio llorar, apartada del grupo de amigas estaba sujetándose la barriga. Lagrimones como puños le empañaban la vista y se marchó a casa.

Al salir de clase fue corriendo a su casa, preguntó por ella y el hermano mayor le dijo – déjala en paz, está con “lo suyo”..; ya no puedes jugar con ella a lo loco, ¡…ojito, eh!

No se atrevió a preguntar nada más, le daba miedo aquel hermano mayor y con principio de barba en esa cara ancha y morena, tan alto y tan fuerte.

Damián se quedó clavado, ¿qué sería “lo suyo”? Cabizbajo se marchó al campo, caminó un buen rato y se tumbó bajo el pino grande, dando vueltas a la cabeza decidió preguntar a su madre ¿qué era “lo suyo”, de Adela?

Al llegar a casa estuvo dando vueltas por la tienda, colocando latas, limpiando el polvo a las botellas apiladas en el estante de arriba, bajando las bobinas de hilo que la madre le indicaba a petición de alguna clienta. Miraba absorto a su madre y ella se daba la vuelta como si los ojos de Damián la hubiesen llamado.

¿Se puede saber lo que te pasa?

Nada, nada.. y se quedaba callado.

Por la noche, un poco antes de cenar, mientras el padre hacía las cuentas de caja en la tienda, Damián preguntó a su madre. Rojo como un pimiento escuchó callado las explicaciones de una mujer curtida y trabajadora, poco sensible pero cariñosa con un hijo adolescente al que debía contar esas cosas que hubiera querido hablar con la hija que no tuvo.

No pudo dormir esa noche, sangre, periodo, dolor, fertilidad, niñez, pubertad,.. cuántas cosas nuevas para él.

Quizá algunos de sus compañeros sabían de todo eso, pero nadie le dijo nada. ¡Pobre Adela!

El amor adolescente, ese que te hace crujir los dientes y te atenaza las manos entró como un proyectil en el corazón de Damián. Estaría siempre a su lado, le sujetaría la cabeza cuando el dolor la hiciese vomitar.

Adela, no sufras, yo te quiero y te quiero cuidar. Búscame si te duele, yo lo arreglaré.

Damián y Adela terminaron la escuela, y el maestro envió a su hija a la ciudad para estudiar bachillerato. – Allí tendrá mejores oportunidades. Va a casa de su abuela materna, ella le ayudará igual que está ayudando al hermano mayor.

Las cartas son frecuentes, Adela le cuenta las cosas tan importantes que está viviendo, amigas nuevas, salidas de fin de semana, viaje de fin de estudios y entrada a la universidad. De nuevo el viaje al pueblo y los reencuentros.

En la tienda de ultramarinos Damián se maneja sin problemas, el padre le ha prometido que lo dejará de encargado porque él está muy cansado ya. Y Damián no quiere desairar al padre, sabe que está enfermo, la tienda rinde lo justo para vivir pero no le permite alegrías.

Damián la mira, cada vez más guapa y sobre todo con más cosas en la cabeza. Le habla constantemente del futuro y él se siente cada vez más pequeño.

Se quieren, se abrazan con fuerza y hablan sin parar paseando hasta el pino grande.

Es su pino, donde caviló sobre sus dudas, donde la besó por primera vez, donde cada tarde que se siente solo va a sentarse, donde lee sus cartas sentado en la juma.

Una tarde de mayo, casi al final del curso, en plenos exámenes, Adela le escribe una carta y le manda una fotografía. Está preciosa. Le dice que todo va bien, que pronto terminará la carrera y volverá al pueblo.

Está feliz y decide guardar su tesoro, como cuando eran niños, ese tesoro que ahora no quiere que nadie descubra y robe. Ya no busca un cristal, coge una botella de licor del estante más alto del almacén, la vacía y la limpia con cuidado. Seca el interior y coge la foto de Adela, luego pone una foto suya cara contra cara y las enrolla; las ata con una cinta roja, del color de aquella sangre que le robó el corazón. Las mete en la botella y la cierra.

Las raíces fuertes del pino grande serán un refugio perfecto, con una pequeña pala cava procurando no hacerle daño, hace un hueco profundo pero angosto y mete la botella. La entierra con cuidado y se marcha.

Adela y Damián para siempre, será su tesoro, y se lo contará a ella, cuando vuelva. Y le dirá que la quiere para siempre y que su vida no es nada si no está a su lado y que los años pasarán alegres si están juntos, y la botella sigue bajo el pino como aquel tesoro de la niñez que alguien descubrirá un día preguntándose ¿qué significa?

Macu 2 de diciembre de 2018